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1997
 

Estadio José de San Martín de Tandil
Avenida Rivadavia 350
Sábado 4 de octubre

  1. El pibe de los astilleros
  2. La dicha no es una cosa alegre
  3. Cruz diablo
  4. Shopping disco zen
  5. Rock yugular
  6. Queso ruso
  7. Esa estrella era mi lujo
  8. Mariposa Pontiac
  9. Un ángel para tu soledad
  10. Ñamfrifrufi fali frú
  11. Desde el alma
  12. Nuotatori professionisti
  13. Luzbelito y las sirenas
  14. Juguetes perdidos
  15. Nueva Roma
  16. Vamos las bandas
  17. Jijiji
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Calidad técnica: Aire

[...] Aunque la cancha era un completo lodazal, la gente comenzó a entrar apenas se habilitaron las puertas, alrededor de las 16. Desde entonces, hasta que finalizó, a las 23.30, se demostró que no había fuerza capaz de impedir que esta vez sea la fiesta.
A las 21 se apagaron las luces del escenario, diez bengalas cortaron la oscuridad iluminando sentimientos y el grupo comenzó el recital con el estadio colmado. El recital comenzó con "Nuestro amo juega al esclavo", ese que dice (y nunca fué tan precisa la expresión "violencia es mentir", en ese tiempo post-Olavarría). "Nuevamente, gracias por el aguante", dice el Indio y, todos, entendimos que hablaba de hoy, pero también de antes y después, de siempre.y recomendó que nos cuidemos bien a la salida.
El intendente Julio José Zanatelli estuvo a punto de ser tan obtuso como su par de Olavarría. Inicialmente descartó de plano que fuera a permitirse la realización del recital. Sin embargo, minutos después aceptó tratar el asunto que en un lapsus definió como "esto de los Ricotitos de Redonda".
Tras reunirse con integrantes del Legislativo comunal, la máxima autoridad política de la ciudad reconoci� haberse apresurado en su primera decisión. La predisposición era la mejor y ya se fijaba como fecha elegida al primer fin de semana de octubre.
Aunque hubo también una controversia respecto del lugar de realización, quedó determinado que el único que cumplía los requisitos era el estadio San Martín.
Los Redondos tocarían en Tandil después de haberlo hecho en 1988, en el Teatro Estrada. Esta vez, con dos décadas de notable trayectoria, ocho discos grabados (uno de ellos doble) y una concurrencia que se había multiplicado de manera impensada.

A las 21; se apagaron las luces, algunas bengalas cortaron la oscuridad y empezó el renovado idilio entre los redonditos de arriba y los redonditos de abajo, en medio de un evidente clima de revancha por lo sucedido en Olavarría. No por casualidad el arranque fue con "Nuestro amo juega al esclavo", aquel que sentencia lo de "violencia es mentir". Afinado por Solari, con aspereza y nitidez. Gritado por todos los demás, con la voz y el corazón.
Después del primer tema, el Indio agradeció "una vez más, el aguante" y durante 45 minutos el grupo demostró sus virtudes con la base de Walter Sidotti en batería y Semilla Bucciarelli en bajo, el brillo de Skay Beillinson en guitarra y el aporte de Sergio Dawi en saxo.
Pasado ese lapso, una voz anunció que habría un intervalo. El campo de juego se había transformado en una masa de barro, el agua había mojado los equipos y amagó con arruinarlo todo. Pero el temple de la banda pudo más y media hora después volvió a escena con una impresionante seguidilla a puro rock.
Dadas las circunstancias, hubo una lógica decisión de acotar el show, que incluyó sobre el final "Juguetes perdidos" (acompañado por las luces de las bengalas), "Nueva Roma" y "Vamos las bandas", para concluir con el clásico "Ji ji ji", generando el descontrolado remolino de gente que el propio Solari se encargaría de describir años después como "el pogo más grande del mundo".
Apenas pasadas las 23.30, abandonaba el San Martín una multitud embarrada de pies a cabeza y satisfecha en sus corazones. Segura de que el sueño no terminaba. Tampoco terminó, casi una década después de aquella noche inolvidable y a seis años de la última vez que Los Redondos subieron a un escenario. Por más que nuestro amo siga jugando al esclavo, y aunque nos sigan castigando a pura mentira.
[...]